Uno diría que Martín hizo las cosas bien desde el principio. Supo explotar todas y cada una de las coincidencias que nos unían para monopolizar mi atención. Sabía exactamente qué botones apretar para que cada comentario evolucionara en charlas, debates, peleas y risas que fluían con total naturalidad. Supo ir y supo volver. Supo estar interesado sin estar regalado.
Casi no pestañeó cuando me pidió mi teléfono. Decretó que íbamos a salir en la semana, que esperara su llamado. No llamó en seguida, pero tampoco tardó demasiado. Me dejó elegir el lugar y me puso a prueba con el menú.
Con Martín hablábamos de política, de cine, de música y de fútbol. Teníamos lo suficiente en común como para poder hablar y discrepábamos lo suficiente para que las conversaciones no sean monótonas.
Y así y todo no había chispa, no había ansiedad, no había palpitaciones. Ni me sonrojaba ni suspiraba, y tardé un tiempo en entender que a pesar de las apariencias lo nuestro no iba a funcionar.
Casi no pestañeó cuando me pidió mi teléfono. Decretó que íbamos a salir en la semana, que esperara su llamado. No llamó en seguida, pero tampoco tardó demasiado. Me dejó elegir el lugar y me puso a prueba con el menú.
Con Martín hablábamos de política, de cine, de música y de fútbol. Teníamos lo suficiente en común como para poder hablar y discrepábamos lo suficiente para que las conversaciones no sean monótonas.
Y así y todo no había chispa, no había ansiedad, no había palpitaciones. Ni me sonrojaba ni suspiraba, y tardé un tiempo en entender que a pesar de las apariencias lo nuestro no iba a funcionar.
